06 de Agos
Evangelio Orado
El Espíritu Santo, que sabe lo que nos hace falta, nos empuja a buscar, a subir «al monte», donde acontece el encuentro luminoso con Jesús.
Necesitamos una experiencia de silencio, para que nuestra fe en Jesús se fortalezca. Solo un encuentro personal y amoroso con él nos llevará a vivir la vida de cada día con compromiso y esperanza.
Jesús, ante nosotros, se nos muestra como luz y llena nuestras noches de claridades. El cansancio por los problemas cotidianos, el dolor ante un mundo tan herido, el no entender la cruz, la desesperanza ante el futuro…, todo se ilumina con su presencia.
¡Estar con Jesús en el silencio del monte! ¡Cuánto necesitamos respirar el aire de su Espíritu!
“Vamos contigo, Señor, al monte y al collado donde mana el agua pura”.
DEL EVANGELIO DE SAN MARCOS 9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
¡Qué bellas estas palabras del Padre, que invitan a dejar sitio a Jesús!
Nuestras búsquedas, orientadas hacia Jesús, para descansar en él: «Este es».
Con el oído abierto para escucharle hasta el fondo y percibir en cada una de sus palabras el amor que nos tiene y la paz que deja en la interioridad.
Escucharle para poder seguir sus pasos, con una misión: estar cerca de los que sufren.
Tanto como subir, importa bajar. Para ello, Jesús nos levanta y nos ayuda a superar los miedos. «Levantaos, no temáis. Abandonaos con toda sencillez en el misterio de Dios. No os inquietéis».
«Con libertad y alegría se ha de andar el camino», nos dice Teresa de Jesús (Vida 22,12).
Bajar y entregar vida a los hermanos que sufren y están angustiados.
Nos dice san Juan de la Cruz:
«Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, ¡vida mía!,
aquello que me diste el otro día:
El aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.
Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía»
(Cántico B 38.39.40).
CANTO: ALLÍ ME MOSTRARÍAS, Luis Miguel Sánchez (ocd). CD: Cántico Espiritual, nº 13.
ORACIÓN
Gracias, Padre.
En tu Hijo nos lo has dicho
y dado todo. Gracias.
Como tú, Jesús,
siempre como tú.
Contigo y en ti.
Gracias, Jesús.
Tú siempre vienes con nosotros.
Nos amas. Ahí está todo.
«Que también nosotros podamos ser transfigurados por el Amor»
(Papa Francisco, Ángelus, 1 de marzo de 2015).
CIPE






